LA CAPI, HONDURAS — En lo que comentaristas deportivos de facebook ya califican como “un logro estadísticamente improbable”, el Club Deportivo Marathon consumó anoche una hazaña: perder su cuarta final consecutiva del Campeonato Nacional, esta vez cediendo la décima estrella ante el Motagua, equipo que, dicho sea de paso, ya va en la vigésima.
La derrota, lejos de entristecer a la dirigencia verdolaga, fue recibida con la ecuanimidad propia de una institución que ha elevado el subcampeonato a la categoría de filosofía de vida.
“Nosotros no perdemos finales”, explicó una fuente cercana al club que pidió no ser identificada. “Nosotros ganamos subcampeonatos. Es completamente distinto. Tenemos cuatro.”
UNA DINASTÍA SIN PRECEDENTES
Cuando Jhon Kleber anotó el 5to Gol en penales, dándole final al encuentro, los jugadores del Marathon protagonizaron “la celebración de los que saben perder con aura”: algunos lloraron, otros miraron al suelo, y al menos tres se quedaron parados en el centro del campo con esa expresión característica de quien acaba de recordar que dejó el aire acondicionado encendido y se viene el recibo a L 10k.
“El mérito de Marathon es inmenso”, declaró un comentarista deportivo capitalino con la voz entrecortada. “Llegar a cuatro finales seguidas no es fácil. Perderlas todas tampoco. Eso requiere carácter, temple, y una capacidad sobrehumana para presentarse al estadio sabiendo exactamente cómo va a terminar todo.”
Motagua, por su parte, levantó una copa que asegura el regreso de Juan Orlando Hernández.
EL FENÓMENO DE LA ESPERANZA CRÓNICA
Lo verdaderamente extraordinario no es la derrota en sí, sino el ecosistema emocional que la rodea. Cada año, decenas de miles de aficionados verdolagas en San Pedro Sula —ciudad que, nótese, tiene la singular capacidad de apoyar con fervor casi religioso a un equipo que no gana una final desde que algunos de esos mismos aficionados estaban en la escuela primaria— se convencen mutuamente de que “este año es el año”.
“Este era nuestro año”, dijo un fanático afuera del estadio Nacional, con una camiseta verde que ya presentaba signos de desgaste existencial. Era exactamente lo mismo que había dicho el año anterior. Y el anterior. Y el anterior. Desde hace 8 años.
EL FILÓSOFO VERDE
Sin embargo, no todo es llanto en el campamento verdolaga. En los estancos de la ciudad industrial, entre vasos de cervezas y baleadas, circuló anoche una idea que algunos aficionados ya elevan a la categoría de doctrina oficial del club: que la lucha misma hacia las finales basta para llenar el corazón de un hombre. No el título. No la copa. No la estrella bordada en la camiseta. El camino.
“Hay que imaginarse a los del verde feliz❤️🩹”, dijo un hincha con la mirada serena de quien ha encontrado la paz a través del sufrimiento deportivo repetido. No lloraba. Tampoco sonreía del todo. Tenía, más bien, el semblante tranquilo de un hombre que ha leído demasiado a Camus en una ciudad donde hace demasiado calor para ponerse existencial.
Cuatro finales. Cuatro subcampeonatos. Un corazón, dicen, lleno.
Los filósofos griegos tardaron siglos en llegar a conclusiones similares. La afición del Marathon lo resuelve cada tres meses.